La ciencia entre campos y arenas

           Debido a que tomo contacto por primera vez con la Sociología de la Ciencia, intentaré analizar la visión que tienen de la ciencia dos sociólogos, Pierre Bourdieu y Karin Knorr Cetina, desde el punto de vista de mi experiencia como científico, ya que he trabajado los últimos veinte años en laboratorios de diferentes regiones de nuestro país y de un país extranjero de los considerados del “primer mundo”.

            Me resulta muy interesante el enfoque que Bourdieu hace de la ciencia, ya que describe de una manera tajante las luchas entre “dominantes” y “dominados” dentro de lo que el llama “campo científico”. Durante muchos años he participado de esa lucha para poder ganar un espacio, o adquirir “autoridad científica”, dentro de mi especialidad, la Biología, pero a uno lo acostumbran desde el principio, generalmente en los últimos años del pregrado, que esa es la manera natural en que se debe avanzar en la carrera, por lo tanto se aceptan casi sin discusión las reglas del juego que son impuestas por aquellos “más experimentados” que uno, sin siquiera tomar conciencia que justamente ese es el juego que a ellos les conviene para mantener el status quo y evitar así “revoluciones” que desestabilicen lo que a ellos les costó tanto conseguir.

Es interesante observar cómo se entremezclan en la dominación del campo científico tanto lo político como lo intelectual, y es por eso que es imposible analizarlo desde cualquiera de ambos puntos de vista de forma individual, haciendo que este análisis se vuelva bastante complejo, acentuando así las diferencias de criterio que pueden observarse en los conceptos vertidos por los diferentes sociólogos de la ciencia.

La visión de Bourdieu acerca de la autoridad científica vista como un capital que puede ser acumulado, transmitido y reconvertido, puede parecer chocante para el científico que realiza sus tareas empujado por la vocación y por el interés de generar conocimiento que aporte beneficios a mediano o largo plazo a la humanidad, pero comienza a tomar tintes de realidad cuando se miran las cosas desde una perspectiva más objetiva. Esta visión, la del capital, a mi parecer está tomando mayores dimensiones en la última década en nuestro país, ya que la consideración que está tomando la ciencia por parte de los gobiernos locales, comparada por ejemplo con la década anterior de los ’90, ha hecho que la mayor accesibilidad a fondos, tanto para subsidios como para equipamiento y creación de nuevos institutos de investigación, diera lugar a “feroces” competencias para ver quién era merecedor de esos fondos, y definir quién, a partir de esa financiación, era capaz de “sacarles mejor el jugo” para publicar en revistas de primer nivel, algo que en el pasado solo era posible para investigadores argentinos que trabajaban en el exterior, especialmente en los Estados Unidos. Esto ha llevado a que, como bien dijera Bourdieu, la autoridad científica comenzara a verse en nuestro país como un capital que a mayor acumulación le diera más renombre a quien lo acumulara. Esto no quiere decir que antes no se viera a la ciencia de esa manera, pero hay que tener en cuenta que la mayoría de las observaciones y estudios sociológicos se basaron en la ciencia del “primer mundo”, es decir Europa y los Estados Unidos, en donde siempre hubo una competencia feroz por ese capital, que se ha medido siempre, aunque a algunos no le guste, en número de publicaciones y monto de los subsidios obtenidos, más que en el aporte que determinado investigador haya hecho al conocimiento científico, siendo esta última una visión más romántica si se quiere que mucha gente tenía (¿o tiene aun?) de la ciencia y quienes la desarrollan,

Considero que ante la mayor accesibilidad de fondos existentes en nuestro país, sumado a el aumento de personal en los cargos, anteriormente congelados, que forman parte de la carrera de investigador científico, ha llevado a una “norteamericanización” de nuestra ciencia, y por lo tanto lo que ocurre en ella tiene más similitudes con las observaciones realizadas por  Bourdieu hace algunas décadas atrás.

Con el pasar de los últimos años se ha hecho más evidente en nuestro país, por lo menos en las ciencias duras, la existencia de “dominantes” y “dominados”. Los primeros ocupan generalmente cargos más administrativos que científicos per se, y su capital acumulado está más bien basado en recursos políticos (poder de decisión) y económicos (poder de distribución), y al ser ellos los que marcan el camino a seguir, los dominados tienden a “fundirse” en esta estructura, haciendo que todo se vuelva más homogéneo, evitando así la probabilidad que aparezcan grandes revoluciones periódicas. Es notorio como aquellos que ingresan al campo científico lo hacen con la idea romántica que fuera nombrada dos párrafos más arriba, a pesar que desde que eran estudiantes les explicaron que eso básicamente no existe y que todo es más duro de lo que parece. Con el tiempo, estos dominados van dándose cuenta que aquello que tanto anhelaban estudiar generalmente no es tan interesante para los dominantes, y por lo tanto la posibilidad de obtener fondos y publicar se ve muy lejana. Por lo tanto las opciones que tienen son la de seguir luchando por su ideal (no muy buena idea) o cambiar el objeto de estudio hacia algo que ofrezca mayores posibilidades de financiación y de publicación, ya que la lógica del sistema está contra ellos. De esta manera el sistema sigue funcionando al convertirse en algo más homogéneo donde todos obtienen lo que quieren (algo que en la realidad no es del todo cierto), ya que los dominantes conservan sus posiciones, y los dominados aseguran sus beneficios esenciales, mientras se mantengan dentro de los límites autorizados por los dominantes.

De cualquier manera, las pequeñas revoluciones periódicas siempre aparecen en este esquema, aunque en nuestro país están más relacionadas a un aspecto económico que a uno meramente científico. Esto es, las estrategias de subversión tienden a dirigirse hacia la mejora de la situación laboral (sueldos, aportes, vacaciones pagas, obra social, etc.) que a una distribución más equitativa del capital científico o a una mejora del conocimiento. Es verdad que este tipo de reclamos puede llevar a una mejor investigación, ya que el bienestar de quienes la realizan influye fuertemente en su capacidad laboral, pero generalmente todo queda en la lucha, con la obtención de ciertos logros gracias a esa lucha, pero dentro de un sistema que no ha cambiado demasiado en décadas, ya que el balance dominante-dominado sigue siempre igual, debido sobre todo a que las estrategias de los dominantes siguen siendo de conservación (sobre todo de sus puestos de poder).

Igualmente, las definiciones de Bourdieu dejan bien claro que no todo en el campo científico es una relación de fuerzas conflictivas, pero saca a la luz que tampoco la ciencia es desinteresada, y que esas luchas de poder y de acumulación de capital no son solamente una característica de los campos político y económico como tiende a pensarse, sino que la ciencia no está ajena a ellos, como casi ningún campo social que se precie de serlo.

Queda claro que la posición de Bourdieu choca en varios puntos con la de Knorr Cetina, y una de las críticas del primero a la segunda, y también a Bruno Latour, es que sus trabajos de sociología de la ciencia se basaron en estudios de laboratorios individuales, y que no se pueden extender los resultados a toda la comunidad científica.

De cualquier manera, algunas de las observaciones de Knorr Cetina durante el tiempo que compartió con científicos en un laboratorio, podrían aplicarse perfectamente al modelo de ciencia que existe tanto en laboratorios de países desarrollados como de nuestro país. La actividad científica, a diferencia de otras épocas hasta principios de la década del ’60 (por lo menos en la Argentina), pasó a ser un empleo, dejando de ser una labor llevada a cabo por personas de familias adineradas que podían darse el lujo de investigar (algo que siempre fue muy caro). Junto a ese cambio llegó otro, el de la financiación, independientemente de los sueldos. Anteriormente, al tener los científicos capital propio, podían elegir qué investigar y de qué manera. Al aparecer el financiamiento, tanto estatal como privado, los temas de interés pasaron a ser los de aquellos que daban el dinero y no los de aquellos que lo gastaban, por lo tanto existe aquí una coincidencia entre los planteamientos de Bourdieu y de Knorr Cetina.

Un punto importante en el que estos dos sociólogos no coinciden es en la delimitación del sector en el que se mueven los agentes que forman parte del entramado científico, aquellos que son los actores que generan el conocimiento que hace que la ciencia avance (según la dirección que decidan aquellos que tienen el poder político y económico del momento). Bourdieu delimita lo que el llama el campo científico, el lugar donde dominantes y dominados ejercen su lucha, siendo los dominantes los que hacen las reglas del campo, haciendo que de esta forma los otros miembros sean dominados a su vez por el mismo campo y no por los dominantes de forma directa. En cambio, Knorr Cetina no habla tanto de lucha, pero si de transacciones (algo quizás un poco más diplomático) entre científicos y no-científicos, en un lugar que llama “arenas transepistémicas”. Estas dos partes son las que deciden a través de la cooperación, no sin la aparición de conflictos, cuáles son las áreas prioritarias de investigación y hacia donde debe dirigirse la ciencia y la generación de conocimiento, que generalmente están definidos por las necesidades de la sociedad, del gobierno de turno y/o, en el caso de países en vías de desarrollo como el nuestro, por las exigencias de otros países de los denominados desarrollados.

La idea de capital de Bourdieu no le es muy agradable a Knorr Cetina, ya que considera que la acumulación de beneficios simbólicos por parte de aquellos científicos en posiciones superiores, haría necesario caracterizar entre científicos capitalistas y trabajadores, en base a quién controla ese capital. Ahora bien, si definimos a ese capital como la acumulación de publicaciones, citas, financiación, lugar de trabajo, etc., no podemos dejar de ver que de alguna manera todos los científicos poseen en mayor o menor parte algo de ese capital, por lo tanto si tenemos que distinguir entre científicos capitalistas y trabajadores (lo que suena muy parecido a los dominantes y dominados de Bourdieu), habría que definir cuánto capital tiene que poseer un científico para ser considerado capitalista, y cuanto para ser  catalogado como trabajador, algo que a Knorr Cetina le parece demasiado arbitrario.

El modelo de arenas transepistémicas de Knorr Cetina muestra una interacción muy fluida entre los agentes científicos y no científicos, resaltando que los papeles que juegan ambos pueden entrecruzarse, ya que muchas veces los no científicos, como vendedores de industrias, pueden influir en la elección de las técnicas que van a utilizarse en la investigación, y a su vez los científicos pueden discutir las decisiones financieras que deben ser tomadas. En nuestro país es muy común que los investigadores lleven a cabo tareas extra-científicas, lo que los convierte muchas veces en contadores (para llevar el balance de sus subsidios, cuando el personal administrativo escasea), abogados (para discutir políticas de importación de productos del extranjero), y hasta arquitectos (para diseñar nuevos laboratorios o dependencias). Es por ello que Knorr Cetina cree que no tiene sentido buscar el concepto de “comunidad de especialidad” como el lugar de producción de conocimiento científico.

De alguna manera, ambos sociólogos coinciden en que tanto en el campo científico como en las arenas transepistémicas deben existir negociaciones entre los participantes de ambas “estructuras”, llámense dominantes y dominados, o científicos y no científicos (aunque en este último grupo puede haber otros científicos pero que de alguna manera son “externos” para los primeros). Por el lado de Bourdieu, esas negociaciones se miden más por la lucha para la obtención de un capital científico, mientras que para Knorr Cetina existiría un equilibrio cooperación-conflicto, lo que llevaría a una fusión de los intereses de las partes. Si bien esta fusión generalmente parece marcada por la cooperación (o por lo menos así lo hacen ver los interesados a los de “afuera”), el conflicto siempre está latente, pudiendo aparecer cuando el balance logrado se quiebre. A mi entender, y por la experiencia de los últimos años, lo que ocurre es una mezcla de ambas definiciones de la negociación, ya que para llegar a una fusión de intereses a través de la cooperación, es necesario entablar una lucha por el capital científico, llegar a un acuerdo entre las partes, y tratar de mantener un equilibrio para evitar los potenciales conflictos que pudieran surgir mientras esa fusión dure, lo cual puede llegar a suceder si aparecieran nuevas situaciones dentro del balance obtenido, por ejemplo ante el surgimiento de nuevos e inesperados resultados, obtención de financiación extra, o cambios en el orden de los autores ante una nueva publicación, entre otros factores que suelen desequilibrar la cooperación entre diferentes laboratorios o entre laboratorios y no científicos.

Una buena observación de Knorr Cetina, y que de alguna manera demostraría que su trabajo en un laboratorio individual podría ser extrapolado hacia la gran mayoría de los laboratorios científicos, es que las conexiones transepistémicas de la investigación chocan con la noción de comunidades de especialidad (y yo diría también que de alguna forma lo hace también con el concepto de campo científico de Bourdieu), y de que estas son los contextos relevantes de la organización cognitiva y social de la labor científica, sino que más bien que esta última estaría insertada en contextos que van más allá de las llamadas áreas de especialidad, tal como se viera unos párrafos más arriba. A partir de estos conceptos, Knorr Cetina concluye que el mismo trabajo interno de la ciencia hace que sea rechazado el internalismo que se encuentra involucrado en los conceptos de comunidades científicas y campos de especialidad, en clara alusión sobre todo a los estudios de Bourdieu.

En conclusión, la sociología de la ciencia es joven, los laboratorios de ciencia le llevan varios años, y va a llevar mucho tiempo más poder analizar la compleja trama de la investigación científica y de quienes la llevan a cabo. Los trabajos de Knorr Cetina y Bourdieu, y obviamente el de muchos otros sociólogos de la ciencia, han mostrado ser lo bastante acertados, a pesar de sus diferencias, en cuanto a la desenvoltura de esa complicada trama, inclusive partiendo de observaciones particulares, como un laboratorio individual, como de una “vista aérea” más general.

El camino está allanado, el “campo” está libre. Esperemos que nadie se hunda en “arenas transepistémicas” movedizas.

Bibliografía

Bourdieu, P. (1976). El campo científico, pp. 75-110. Traducción al español de “Le champ scientifique”, Actes de la recherche en sciences sociales, pp. 88-104.

Knorr-Cetina, K.D. (1996). ¿Comunidades científicas o arenas transepistémicas de investigación? Una crítica de los modelos cuasi-económicos de la ciencia. REDES, Vol. III, Nº 7, 129-160.

Copyright © 2012 – 2017 Alberto Díaz Añel

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