Las “vueltas” de la vida – Museo Provincial de Ciencias Naturales “Arturo Umberto Illia”

La historia natural de Córdoba, y por qué no también del mundo y del universo, se merecía un lugar. Luego de deambular durante muchos años por diferentes edificios, las ciencias naturales encontraron un lugar para finalmente descansar y mostrarse al público. El próximo año, el Museo Illia festejará su quinto aniversario, y si bien eso suena a muy joven, las muestras que alberga forman parte de la historia más antigua de nuestro territorio, revelándonos un pasado que resultaría imposible de creer si no fuera porque esta institución se encarga de descubrirlo ante nuestros sorprendidos ojos. Pasen y vean, señoras y señores, niños y ancianos, el túnel del tiempo existe, y está aquí nomás, al costadito del Parque Sarmiento. Por Alberto Díaz Añel**.

En las crónicas oficiales figura que en ese punto de la ciudad funcionaba el “Foro de la Democracia”, poco utilizado para actividades políticas. Pero más de algún cordobés memorioso que pinta canas recuerda haber ido a ese espacio al borde de la Avenida Leopoldo Lugones para “ver boxeo” hace unas cuantas décadas. La cuestión es que ahora nada de eso queda, y el edificio ha sido aprovechado para fines más útiles, como divulgar el conocimiento, enseñar sobre nuestra historia y, por qué no, entretener a grandes y chicos.

Una de las primeras cosas que sorprenden de este museo es su arquitectura moderna. La estructura que sostiene el techo recuerda a la de los puentes colgantes más famosos, y el interior no deja de ser una novedad en lo que a respecta a los museos de este tipo. Un gran pasillo en forma de caracol que nos va llevando a los niveles superiores mientras disfrutamos de las muestras a nuestro alrededor. Claro, más de uno dirá que no es un concepto original. Para los amantes del arte este tipo de diseño recuerda al del museo Guggenheim de Nueva York, que ya tiene más de cincuenta años. Pero la originalidad no reside en el diseño en sí, sino en que éste haya sido aplicado a un museo de ciencias. Osado, pero muy interesante.

Pero antes de recorrer el caracol uno no puede dejar de detenerse en los seres extraños que nos reciben al final del pasillo de entrada. Cuatro esqueletos de la extinta fauna de nuestra Provincia, conocida como “mega fauna” en referencia al gran tamaño de quienes la componían, nos dan la bienvenida. El Gliptodonte, armadillo que podía llegar a tener el tamaño de un Fiat 600, la Macrauquenia, una especie de tapir/jirafa con una pequeña trompa, y dos personajes que parecen sacados de la película “La Edad de Hielo”, el Smilodonte, o tigre dientes de sable, y el Megaterio, un pariente del perezoso de ojos saltones que aparece en el mencionado film, pero que podía llegar a los seis metros de altura. Es difícil de creer, pero estos animalitos habitaron nuestro suelo hace miles de años, y a medida que nos adentremos en el museo descubriremos que otros curiosos seres los acompañaron en su aventura diaria.

Subiendo por la rampa, que nace a un lado de los extintos ejemplares que nos dieron la bienvenida, se llega al primer nivel en donde, como corresponde, se comienza desde el principio, es decir el origen del universo. En esta sección el protagonismo se lo llevan los componentes inanimados de nuestro planeta y aquellos que “cayeron del cielo”. Minerales y rocas que forman parte de la Tierra, y que aquí en Córdoba tenemos en abundancia, no dejan de sorprender por su variedad, texturas, colores y sobre todo por sus aplicaciones. Parece increíble que de esas incrustaciones amarillas que se ven en una negra roca se pueda sacar una impecable barrita de azufre para calmar los dolores musculares. ¿Una antigüedad? Quizás, pero todavía se venden en las farmacias.

Las vitrinas que rodean al espacio circular están bien organizadas, todos los objetos expuestos tienen su identificación, – algo que bien podrían copiar otros museos de ciencias naturales más “famosos” de nuestro país – aunque la sección del sistema solar deja mucho que desear, ya que parece un proyecto de feria de ciencias de un alumno de escuela primaria hecho con pelotas de telgopor pintadas a mano. El presupuesto no debería ser excusa – es sabido que siempre es bajo para los museos – ya que mejores cosas se pueden hacer con poco dinero y buena voluntad. De cualquier manera los paneles explicativos que tapizan el fondo de las vitrinas, que hablan del origen del universo y del interior de nuestro planeta son bastante claros, sobre todo si lo que se pretende es divulgar estos conocimientos al público general, desde los niños en edad escolar, que son el mayor porcentaje de visitantes de este museo, hasta los adultos que acompañan a esos niños y que se sorprenden con este espacio cultural.

Seguimos dando vueltas y en el segundo nivel ya nos encontramos con la vida misma. Aunque es una forma de decir, ya que esta sección está poblada de fósiles de las diferentes eras geológicas por las que pasó nuestra provincia. Es aquí donde podemos encontrar los restos de aquellos animales que habitaron nuestros valles y sierras hace miles de años, como el Stegomastodonte, un pariente bastante cercano de los actuales elefantes, acompañando en su camino a los amigos que nos dieron la bienvenida al museo. No los guías, sino los Megaterios, Gliptodontes y compañía. Y hablando de los guías, uno de ellos nos asistió en la mayor parte del recorrido, y quedó claro que sería necesario que tengan una mayor preparación para este tipo de menesteres. Es importante el esfuerzo que ponen en su tarea, pero su calidad de empleados municipales – algo que se encargan de aclarar desde el principio a manera de defensa – se nota a la hora de la identificación con la institución y la tarea que esta lleva a cabo. Quizás, y a modo de sugerencia, la guía de este museo podría estar a cargo de voluntariosos estudiantes de ciencias naturales en sus últimos años de carrera, que demuestren interés por las ciencias de la vida y que plasmen ese entusiasmo a través de la divulgación de conocimientos en este tipo de instituciones científicas.

Es interesante también encontrar aquí los diferentes modos de colección y exposición de ejemplares, que de alguna manera muestran un poco las tareas que llevan a cabo aquellas personas que se encargan de organizar un museo de este tipo, y también cómo nacen algunas de las colecciones que pueden exponerse en museos de ciencias naturales. Categorización y organización de minerales, métodos de exposición de seres vivos – taxidermia, formol, maquetas -, instrumentos de medición – del cielo, de la tierra – forman parte importante de las vitrinas y es excelente que allí estén, ya que le quita el velo al producto terminado y expuesto, yendo más allá en la elucidación de muchos de los procesos que derivan en la creación de un museo de estas características.

Parte de la originalidad de este museo está también en la decoración. Por arriba y por debajo de las vitrinas aparecen palabras en grandes letras que reflejan el espíritu de lo que debe ser un museo de ciencias naturales. Términos como interpretar, aprender, curiosidad, descubrir, búsqueda, disfrutar y observar, no hacen más que reflejar para que sirve y lo que refleja un museo, tentando quizás al visitante a experimentar cada una de esas sensaciones. Una buena y original idea.

Desgraciadamente, cuando uno se empieza a entusiasmar, allí se acaba el museo. Si bien existe un tercer nivel, este no está tan bien logrado. Fue pensado como un espacio de reflexión sobre la conservación de nuestro planeta, tratándose de un gran espacio con gigantografías de los diferentes ambientes naturales de nuestra provincia. Es de esperar que ese espacio sea complementado con conferencias – para lo cual aquí existe una sala con capacidad para ochenta personas – llevadas a cabo por expertos en el área, aunque las actividades de este tipo en el museo escasean y no gozan de gran publicidad en los medios. De cualquier manera aquí suelen hacerse exhibiciones transitorias que pueden ser de gran interés, como la exposición fotográfica de aves cordobesas que se estaba llevando a cabo al momento de realizarse esta nota.

En la baranda interna de este nivel podemos también encontrar en exposición diferentes especies animales de pequeño tamaño, como moluscos e insectos, algo que se repite en el segundo nivel, pero que pueden llegar a pasar desapercibidas para el visitante ante la atención que despiertan las grandes vitrinas en donde están las exhibiciones principales. Una pena, pero se puede solucionar con una buena señalización indicativa.

Lo que sí llama la atención en este nivel son las reproducciones de los dos Pterosauros que dominan la cúpula central del museo. Sin duda estos reptiles voladores deben haber sido de temer cuando planeaban sobre nuestros suelos cordobeses. Y hablando de la cúpula, la iluminación natural del edificio es impecable, como debe ser en un museo que se precie, algo difícil de lograr cuando la única fuente de luz está en el techo. De cualquier manera, esto se acompaña con una muy buena iluminación artificial que resalta las exhibiciones, sobre todo en las vitrinas y barandas de la rampa en caracol.

La visita a este flamante museo ha terminado. Sin dudas se puede decir que es un gran logro tener esta institución moderna funcionando en un lugar propio, después que errara por varios sitios de prestado con la amenaza de nunca volver a ver sus colecciones. Es joven, y dentro de todo esa es una ventaja, ya que tiene cosas que corregir y todavía está a tiempo de hacerlo. Puede que nunca llegue a tener el nivel de museos más experimentados, como el de La Plata o el Bernardino Rivadavia de Buenos Aires, pero si las cosas se hacen bien, ¿por qué no atrevernos a soñar con tener el museo que los cordobeses nos merecemos?

* Museo Provincial de Ciencias Naturales “Dr. Arturo Humberto Illia”

Dirección: Av. Poeta Lugones 395. Bº Nueva Córdoba.

Horarios de Atención: martes a viernes de 11 a 19. Sábados y domingos de 12 a 18.

Costo de la entrada: General $2.

Teléfono: 54- 0351- 4344070/71

E-mail: museodecienciasnaturales@cba.gov.ar

Copyright © 2012 – 2017 Alberto Díaz Añel

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