La función del periodista científico: ¿criticar o divulgar?

Podría decirse que la divulgación científica es la continuación de la ciencia por otros medios, por lo tanto no sería muy alocado afirmar que  el comunicador también hace ciencia. Pues bien, esa perspectiva tan idílica acerca de la divulgación científica y de quienes la llevan a cabo, parece molestar a algunos colegas, que ven al divulgador como alguien que debe controlar los excesos de la ciencia a partir de una posición crítica de la misma. Por lo menos ese es el panorama que parece plantear Matías Alinovi, físico, escritor y divulgador, en una de sus notas publicadas en el suplemento Futuro de Página 12, titulada “Divulgación científica, fascinación y crítica” (1).

¿Quién no ha notado en los últimos años un aumento sustancial en la cantidad de información científica que aparece en los medios de comunicación? Programas de televisión – incluso canales propios -, micros de radio, secciones en diarios, colecciones de libros, además de una mega feria de ciencias, noches de museos, y todo lo que se les pueda ocurrir.

¿Y quién puede decir que no se rindió a la tentación de consumir alguno de esos productos, porque por fin se los acercaron de una manera “digerible”, entendible, más sencilla y atractiva? Basta ver los millones que visitaron Tecnópolis, o la gran cantidad de ediciones que se agotaron de los libros de matemáticas de Adrián Paenza, solo para citar unos pocos ejemplos.

¿A qué se debe esta explosión mediática de la ciencia? En gran parte se lo debemos a lo que se conoce como divulgación científica. ¿Qué es eso? Según varias definiciones que se pueden encontrar en diccionarios y wikipedias, es sencillamente publicar, extender, poner al alcance del público a la ciencia. Divulgar viene del latín divulgare, que quiere decir exactamente lo que indica la definición de la oración anterior, en donde vulgus significa “vulgo”, “gente común” o “público”. Algunos se podrán ofender porque los llamen “gente común”, pero forma parte de la mirada que se fue construyendo en los últimos siglos, en donde se fue endiosando a los científicos, separándolos del resto de la gente. Resabios históricos que le dicen.

Ahora bien, ¿existen divulgadores científicos? Por supuesto que sí, podemos encontrar científicos que divulgan ciencia, como Paenza y Golombek -muchos de ellos han migrado definitivamente al mundo de la divulgación-, y un gran número de periodistas y comunicadores que se especializan en temas científicos. Gracias a todos ellos, y obviamente a la existencia actual de un mayor abanico de oportunidades para expresarse, la ciencia está llegando a todo el mundo.

Lamentablemente, quizás al ser una profesión relativamente nueva o en desarrollo, parece que algunos divulgadores o periodistas científicos no tienen muy claro cuál es su función, o tienen una visión muy sesgada de esta actividad. Cabe ilustrar el caso que nombramos al principio, el del físico Matías Alinovi, que intenta en su nota de Página 12 “convencer” a sus lectores, o quizás solamente a sus colegas, acerca de la función principal del divulgador científico.

Alinovi, luego de profetizar el final del apogeo de la divulgación científica, intenta definir al periodismo científico, clasificando a los profesionales que se dedican a dicha profesión en dos tipos: traductor y publicitador, en donde el primero “traduce” la compleja ciencia para que la comprenda el vulgo, mientras que el segundo promociona las bondades de la “empresa científica”, garantizándole un lugar privilegiado en los medios. En ambos casos, el autor considera que tanto el traductor como el publicista desaparecen detrás de sus obras, desterrándose la subjetividad.

Hay quienes ven al periodista científico como una especie de “víctima” de la ciencia, o mejor dicho de los científicos, y ello se ve reflejado en una muy poco feliz metáfora de la nota a la que nos referimos, en donde se sugiere que “si el periodista científico desoyera el mandato de los científicos, si no reconociera el modelo ideal que el dios dador de esencias le propone, entonces podría existir en libertad, porque no sería esencialmente nada, sino sólo lo que quisiera ser”, situando a los científicos, reforzando el resabio histórico al que nos referíamos anteriormente, en un lugar de privilegio, como si fueran dioses a los que hubiera que obedecer ciegamente, y ante los cuales habría que revelarse, lo cual dista mucho de parecerse a la realidad que nos rodea.

A partir de esa triste metáfora, el físico devenido a periodista, comienza a “iluminarnos” sobre la verdadera función que debe cumplir el divulgador, la de “crítico cultural de la ciencia”, haciendo grandes y equivocadas generalizaciones, como cuando dice que “los científicos blanden ante el periodista la espada del equívoco permanente haciéndole ver admonitoriamente lo que ignora”. Es posible que algunos científicos aun conserven esa posición dominante, pero el avance en la profesionalización del periodismo científico, en gran parte debido al auge del área, le da al comunicador suficiente autoridad como para no dejarse atropellar por estos dioses del Olimpo de la ciencia.

Existen quienes piensan erróneamente que el periodismo científico consiste sólo en una traducción de lo complejo, y que ello ocurre en agencias especializadas, quedando para el divulgador la encomiable tarea de criticar esa traducción. Nada más lejos de la realidad, ya que el número de notas o secciones de programas científicos producidos desde cero, y no copiados de cables noticiosos o enlatados, ha crecido en forma considerable, cumpliendo funciones tan importantes como educar, enseñar, informar y, solo de ser necesario, criticar cuando se trata de temas controvertidos relacionados a la ciencia, como transgénicos, papeleras, energía nuclear o minería.

Esos mismos profesionales creen que una actitud crítica permitiría superar la antigua desconfianza mutua entre los científicos y quienes no lo son, sobre todo en lo que respecta a sus capacidades divulgativas. Aunque esa desconfianza todavía existe, esa creencia no tiene en cuenta que este tipo de procesos forma parte de la evolución de profesiones jóvenes, como la del periodismo científico, en donde todavía no se ha definido claramente quiénes son los responsables de llevarla a cabo. Mientras tanto, el desarrollo y la evolución actual del periodismo científico se deben en gran parte al aporte y esfuerzo de un gran número de personas interesadas que provienen de muy diversas ramas profesionales, lo cual obviamente no deja de generar asperezas y desconfianzas.

Mostrar al divulgador como una víctima o un esclavo de los dioses, e incitarlo a la rebelión es llevar a la divulgación a un campo que no le pertenece, ya que en ella no hay seres superiores o inferiores. La idea es situar a todos, científicos y comunicadores, en un mismo plano de convivencia, y en eso trabajamos la mayoría de aquellos que queremos que este apogeo no se termine, como predicen algunos Nostradamus del área.

Llevar a la divulgación científica al punto de decir que el periodista especializado “escribe defendiendo los intereses que le parecen más altos. Escribe desde una ideología. Porque si no, no escribe. Copia. Transfiere. Transmite”, es degradarla, es tratar de pasar de ser un simple mortal a convertirse en ese dios al que tanto se critica, algo que queda abiertamente revelado en la frase “el inconfesable, secreto anhelo del divulgador debería ser el de dirigir la ciencia”.

La propuesta final que sostiene que “el divulgador deberá buscar que el lector de noticias científicas pierda la inocencia”, tratando “de mostrar el artificio”, pues “la actitud crítica tendrá el efecto balsámico de alentar el pensamiento”, no deja de ser un concepto poco feliz, ya que sugeriría que esa sería la única forma de conseguir que el público piense, subestimándolo de una forma muy poco sutil.

No hay que dejarse engañar. La ciencia hay que divulgarla, no simplemente criticarla. La crítica debe aparecer siempre cuando las cosas no se hacen bien, cuando se quiere que algo tome el camino correcto, o que modifique ese camino cuando no se llega a lo que se quiere o se necesita. La ciencia no está exenta de la crítica, como ninguna otra área de la actividad humana, pero siempre y cuando sea realmente necesaria. La divulgación científica es otra cosa, es informar, enseñar, generar vocaciones, educar, y también, por qué no, entretener.

Queda claro entonces que los divulgadores científicos no debemos dedicarnos solamente a criticar. Excepto a aquellos que quieren que solo critiquemos a la ciencia.

Referencias

1) http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/futuro/13-2362-2010-06-13.html

Copyright © 2012 – 2017 Alberto Díaz Añel

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