El Instituto Ferreyra de Córdoba en los primeros años del Peronismo

Introducción

Desde su nacimiento, nuestro país se ha caracterizado muchas veces por las múltiples contradicciones que han marcado su camino en la historia, particularmente en los ámbitos político y económico. Pero la ciencia argentina, por más que intentó mantenerse autónoma, tampoco estuvo exenta de contrasentidos, y es quizás por ello que tuvo que navegar muchas veces en aguas turbulentas, sin poder quedar al margen de los sacudones a los que fuera sometida nuestra nación. Y una de las paradojas en las que se vio inmersa la ciencia argentina tuvo que ver con los años que transcurrieron durante las primeras presidencias de Juan Domingo Perón (1946-1952 y 1952-1955). A pesar de los constantes choques entre el poder político y la comunidad científico-académica en los primeros años del gobierno peronista, un efecto que venía de arrastre desde el gobierno de facto instalado en 1943, por esa misma época nacían los primeros institutos de investigación de nuestro país, y entre ellos el primero del interior, el Instituto de Investigación Médica Mercedes y Martín Ferreyra de Córdoba.

En este relato se recorrerá la historia del Instituto Ferreyra, desde su creación en 1947, hasta la muerte de su fundador y primer director, el doctor Oscar Orías, en 1955, el mismo año en que Juan Domingo Perón cayó derrocado por la “Revolución Libertadora”. Paralelamente, se narrarán los acontecimientos más destacados que se iban desarrollando en la Argentina durante ese período tan significativo de nuestra historia.

Oscar Orías y las vueltas del destino

Nacido en Jujuy en 1905, y recibido de médico en la Universidad de Buenos Aires (UBA), Oscar Orías probablemente nunca pensó que su futuro se encontraría tan lejos de los lugares que lo vieron nacer y perfeccionarse en su profesión. Pero su vida cambiaría por completo cuando comenzó a trabajar junto a uno de los íconos de la ciencia argentina, Bernardo Houssay.

Siendo todavía estudiante universitario, consiguió un puesto de ayudante en la cátedra de fisiología de la UBA, dirigida por Houssay. Allí demostró ser un profesional sobresaliente, desarrollando a su vez una entrañable relación con el futuro premio Nobel. Tal fue el afecto y la confianza que Houssay tenía por Orías, que en 1935, y ante el pedido del Rector de la Universidad Nacional de Córdoba (UNC), lo recomendó como profesor de la cátedra de fisiología de la casa de altos estudios mediterránea.

A partir de ese momento, surgió un fuerte vínculo entre Orías y Córdoba, y pese a las idas y venidas entre sus responsabilidades porteñas y cordobesas, esta relación se afirmó durante los últimos diez años de su vida, que fueron tan prolíficos que dejaron una huella imborrable en la ciencia del interior del país.

Se crea el primer Instituto

Los deseos de la ciencia argentina para hacerse un lugar de importancia en el entramado social, se dieron de bruces con la intolerancia del gobierno de facto de Pedro Pablo Ramírez, que surgió de un golpe de estado el 4 de junio de 1943.

Ante los manifiestos de la comunidad científica solicitando “democracia efectiva y solidaridad americana”, el gobierno respondió con la destitución de sus cátedras de los firmantes, entre los que se encontraban Houssay y Orías, renunciando este último a su puesto en la UNC por solidaridad con sus colegas destituidos.

Ambos científicos no se dieron por vencidos, y junto a otros colegas, entre los que se encontraban Eduardo Braun Menéndez, Virgilio Foglia y Juan T. Lewis, crearon en marzo de 1944 el Instituto de Biología y Medicina Experimental (IByME), lo que les proveyó de un ambiente más pacífico para trabajar, lejos de las dificultades que les planteaba la situación política del país. El apoyo financiero de la Fundación Sauberán, les permitió a su vez continuar casi sin interrupciones con las investigaciones que llevaban a cabo en sus respectivas cátedras.

Orías trabajó en el IByME hasta 1945, cuando fue devuelta transitoriamente la autonomía a las universidades del país. Ese año volvió a Córdoba con su familia, para dirigir el Instituto de Fisiología de la UNC, creado por él unos años antes. Desgraciadamente, y ya dentro del gobierno de Perón, Houssay fue de nuevo declarado cesante en 1946 y, nuevamente, Orías renunció por solidaridad a su puesto en la cátedra que dirigía.

 

Nace el Instituto Ferreyra

Siguiendo los pasos de Houssay, Orías y sus discípulos y colaboradores, entre los que se encontraban Severo Amuchástegui, Agustín Caeiro y Calixto Núñez, decidieron crear el primer instituto de investigación del interior del país. El 5 de octubre de 1946 se constituye el “Instituto de Investigación Médica para Promoción de la Medicina Científica”, con Oscar Orías como su primer director. La inauguración oficial se realizó el 29 de marzo de 1947, teniendo como primera sede, al igual que los inicios del IByME, una casa de alquiler localizada en la calle 25 de mayo 1122, en el barrio peri-céntrico de General Paz. A esa inauguración asistieron Bernardo Houssay y Eduardo Braun Menéndez, ratificando su apoyo a este tipo de iniciativas, las que a su vez no eran vistas con buenos ojos por algunas agrupaciones políticas locales, las cuales llegaron a hacer peligrar con sus amenazas el discurso de Houssay, por el cual tuvo que dar explicaciones a la policía porteña una vez retornado a Buenos Aires.

A pesar de las intimidaciones, el evento se realizó con normalidad, y Houssay y Orías pudieron ofrecer sus discursos delante de una poblada audiencia, entre los que se destacaba el fisiólogo sueco Ulf von Euler, quién varios años después recibiría el Premio Nobel de Fisiología y Medicina por sus trabajos con neurotransmisores, justamente el mismo año en que uno de los más destacados discípulos de Houssay, Luis Federico Leloir, también recibiera el mismo galardón pero en Química.

Edificio propio

El nuevo Instituto necesitaba una sede propia y, como desde los inicios de la ciencia, la necesidad de fondos para tal fin pasó a ser de primera necesidad. Orías y sus colaboradores iniciaron la búsqueda de financiación, tanto para contar con un lugar propio como para continuar con las investigaciones que estaban llevando a cabo en la sede del barrio General Paz.

Afortunadamente, una de las familias más distinguidas de Córdoba donó los fondos suficientes para la construcción del nuevo edificio. Los hijos del desaparecido médico y político Martín Ferreyra, y su viuda, Mercedes Navarro Ocampo de Ferreyra, decidieron ayudar a Orías en esta novedosa empresa en recuerdo de quién tanto había dado por la medicina.

El 17 de marzo de 1948, el consejo administrativo del Instituto decidió cambiar el nombre de la institución por el de Instituto de Investigación Médica Mercedes y Martín Ferreyra (IMMF), en honor a quienes habían contribuido a que la ciencia cordobesa tuviera un lugar propio donde llevar a cabo sus labores de investigación.

El terreno en donde el 6 de junio de ese mismo año se colocó la piedra fundamental del nuevo edificio, fue donado por el Hospital Privado Centro Médico de Córdoba, y entre las personalidades destacadas que asistieron a dicho evento se encontraba, como siempre apoyando los logros de sus discípulos, Bernardo Houssay.

Finalmente, el 12 de marzo de 1951 se inauguró el nuevo edificio, el cual fue equipado gracias a donaciones privadas, entre ellas de la Fundación Rockefeller, mientras que la financiación de las investigaciones, sobre todo becas e insumos, corrió por cuenta de la Fundación Sauberán y de los Rotary Clubes de gran parte del país. Nuevamente, Houssay hizo acto de presencia, dirigiendo uno de sus tantos encendidos discursos a quienes concurrieron a la ceremonia de inauguración, la cual se llevó a cabo en el flamante auditorio de conferencias, y a la que asistieron importantes personalidades de la sociedad cordobesa y eminentes científicos, entre ellos Charles Herbert Best, médico e investigador de la Universidad de Toronto, codescubridor de la insulina en 1921.

Efecto contagio (¿o no?)

A la creación del IByME en 1944, y del IMMF en 1947, se agregaron el Instituto de Investigaciones Bioquímicas Fundación Campomar (1947), bajo la dirección de Leloir, y el Instituto de Investigaciones Médicas de Rosario (1948), dirigido por Lewis. Esta oleada de Institutos de investigación no pasó desapercibida para el gobierno de Perón, que si bien había comenzado a impulsar la actividad científica en sectores estratégicos desde el punto de vista político-militar, particularmente el nuclear, también comenzó a darle cierta importancia a las ciencias médicas, debido a su relación con las mejoras que pudiera aportar este sector para la salud pública.

A partir de este cambio, el 17 de mayo de 1951 se crea el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICyT), que entre sus objetivos tenía el de promover las investigaciones científicas y técnicas en todo el país, pero que básicamente cumplió tareas de recopilación de información y organización de la misma,  como por ejemplo la elaboración del Primer Censo Técnico Científico Nacional.

Mientras tanto, el panorama en las universidades no había cambiado mucho desde 1943. Si bien contaban con cierta autonomía, su infraestructura mostraba mejoras, y en 1949 se había declarado la gratuidad de la enseñanza, gran parte de sus profesores habían sido cesanteados o renunciado por solidaridad con sus colegas, como ocurriera con Houssay y Orías, por lo que las tensiones entre el gobierno y el sector académico-científico nunca llegaron a enfriarse. Esto último se vio reflejado en el hecho que ninguno de estos “rebeldes”, por lo menos los de las áreas biomédicas que se desempeñaban en los nuevos institutos, formó parte importante del flamante CONICyT. Para estos científicos opositores el estado se entrometía demasiado en los asuntos de la ciencia, poniendo en peligro la libertad de investigación. Una de sus armas de defensa ante semejante atropello durante los dos primeros gobiernos peronistas fue la revista Ciencia e Investigación, órgano de divulgación de la Asociación Argentina para el Progreso de las Ciencias (AAPC), creada en 1933 por el propio Bernardo Houssay.

Finalmente, y debido a estas tensiones constantes, lo que parecía encaminarse hacia una organización y un mayor desarrollo de las ciencias biomédicas, quedó supeditado a los cuatro institutos existentes hasta el momento, y alguna que otra cátedra de las facultades de medicina de las universidades más prominentes de la época, sobre todo las de Buenos Aires y Córdoba.

Se acaba una vida, se acaba un gobierno

Mientras tanto, el Instituto Ferreyra seguía su camino de crecimiento, incorporando nuevo personal, organizando cursos de especialización, publicando trabajos originales y recibiendo ilustres visitantes, como la llegada en 1953 de Herbert McLean Evans, director del Instituto de Biología Experimental de Berkeley, y codescubridor en 1921, con Katharine Scott Bishop, de la vitamina E.

Oscar Orías continuaba esparciendo su vasto conocimiento en conferencias a los largo y ancho del país y también en el extranjero. Pero al regreso de un dictado de cursos en Porto Alegre, su incansable actividad llegó a su fin. Como lo describiera Houssay en sus escritos: “El 4 de junio de 1955 manifestó sentirse cansado, cosa insólita en él, retornó a su casa y se acostó. Diez minutos después, a mediodía, su esposa lo encontró muerto. Falleció por una trombosis de la arteria coronaria, que tanto había estudiado experimentalmente”. Ese día la ciencia argentina sufrió un duro golpe, que se repetiría cuatro años más tarde con el fallecimiento de Braun Menéndez en un accidente de aviación. Houssay había sobrevivido a dos de sus más ilustres discípulos, que bien podrían haber seguido sus pasos y los de Leloir, quienes recibieron sendos Premios Nobel en 1947 y 1970.

Doce días después de la partida de Orías, se inició el primer intento de golpe de estado al gobierno de Perón, en una masacre que todavía duele en las entrañas de la nación. Finalmente, y a pesar de varios intentos de consenso, el gobierno no resistiría y caería tres meses después, el 16 de septiembre de 1955.

El sentimiento opositor de Houssay se vio reflejado luego de este episodio, en las palabras que dirigiera ante el fallecimiento de Orías: “No quiso el destino que viviera lo suficiente para tener la dicha, que tanto merecía, de ver a su patria liberada de la opresión, la injusticia y la inmoralidad”.

A partir de ese momento, Houssay y sus discípulos pasarían a jugar un papel protagónico en el desarrollo político de la ciencia argentina, que tuvo uno de sus puntos más destacados el 3 de febrero de 1958, día de la creación del nuevo Consejo de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET), el cual reemplazó al CONICyT, que había sido disuelto por la Revolución Libertadora en 1956. Pero esa es otra historia.

Conclusión

La historia argentina ha vivido épocas turbulentas, tanto durante los períodos democráticos como cuando no los hubo, y esos ciclos han marcado a fuego el desarrollo de muchas de nuestras instituciones que al día de hoy siguen vigentes. La ciencia, por más que quiso, no pudo estar al margen de esos cambios, y ha sufrido avances y retrocesos constantes durante los últimos ochenta años.

Se podría decir que el período de los dos primeros gobiernos de Perón, entre 1946 y 1955, a pesar de las idas y vueltas y de los enfrentamientos constantes, fue uno de los más prolíficos para las ciencias biomédicas. Fue en esa época que un grupo de científicos destacados, de la mano de Bernardo Houssay, puso manos a la obra, y con gran esfuerzo crearon cuatro de las instituciones de investigación más importantes de nuestro país, destacándose a su vez el hecho que dos de ellas fueron fundadas en el interior del país, algo que quizás el día de hoy podría llamarnos la atención en un país que durante muchas décadas “terminaba en la General Paz”.

Quiso el destino que los primeros años de una de estas instituciones, el Instituto Ferreyra de Córdoba, quedara en manos de uno de los más destacados discípulos de Houssay, Oscar Orías, y que ese período coincidiera casi exactamente con los nueve años de gobierno peronista. Pero a pesar que Orías se haya marchado tempranamente a la edad de cincuenta años, el legado que dejó a la ciencia argentina, y a la cordobesa en particular, no puede dejar de destacarse, pudiendo aun ser observado a través de los discípulos de sus discípulos y de una institución que al día de hoy, y a pesar de las dificultades vividas durante los últimos sesenta años, sigue destacándose en la producción científica argentina.

 

Bibliografía

  • Ariel Barrios Medina y Alejandro C. Paladini (1989). Escritos y Discursos de Bernardo A. Houssay. Editorial Universitaria de Buenos Aires. Páginas 490 a 498.
  • Diego Hurtado (2010). La ciencia argentina, un proyecto inconcluso: 1930-2000. Colección Temas del Siglo XXI. Editorial Edhasa. Páginas 55 a 107.
  • Memorias Anuales del Instituto de Investigación Médica Mercedes y Martín Ferreyra, 1947 a 1955.
  • Diario La Voz del Interior, Córdoba. Nota del 29 de marzo de 1947.
  • Diario Los Principios, Córdoba. Nota del 30 de marzo de 1947.
  • Diario Córdoba, Nota del 30 de marzo de 1947.

Copyright © 2012 – 2017 Alberto Díaz Añel

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