Psicoanálisis y Neurociencias: caminos que se cruzan pero que no se tocan

Los orígenes de un gran misterio

             El hombre, desde sus inicios, ha tratado de explicar absolutamente todo lo que lo rodea. En el proceso ha cometido groseros errores, como situar al Sol girando alrededor de la Tierra, afirmar que algunos organismos se originaban por generación espontánea, o creer que se podría obtener oro a partir de cualquier otro mineral. El avance de la civilización, el crecimiento de la ciencia y su independencia –que costó bastante – de las religiones dominantes, permitió corregir muchos de esos errores, dando lugar a ciencias como la astronomía, la biología y la química, a expensas de la astrología, los naturalistas y la alquimia.

Pero entre algunas de las cosas que la humanidad no ha podido explicar, podemos nombrar a uno de los grandes misterios de la naturaleza que se ha resistido por siglos a ser dilucidado: el cerebro humano.

En las primeras civilizaciones avanzadas, el cerebro carecía de la importancia que hoy le damos. Es sabido que el filósofo griego Aristóteles  afirmaba que era en el corazón y no en el cerebro en donde se asentaba la inteligencia y el razonamiento humanos. Si bien en el Antiguo Egipto se descartaba el cerebro durante el proceso de momificación, conservando entre otros órganos el corazón, parecen haberle dedicado un gran interés a las heridas traumáticas que afectaban al cráneo, figurando por primera vez en escritos médicos antiguos de más de 5000 años la palabra “cerebro”.

Mucha agua pasó bajo el puente desde esas remotas épocas hasta la definición de las neuronas como los elementos básicos que transmiten la información del cerebro, determinado por Santiago Ramón y Cajal a fines del siglo XIX. De cualquier manera, mucho tiempo antes que apareciera esa definición por parte del científico español, ya existían tratamientos para las enfermedades neurológicas, creados por los médicos árabes que en el siglo IX a.C. habitaban la invadida España. A pesar de ello, hasta ese momento nadie se atrevía a otorgarle al cerebro funciones más complejas que fueran más allá de las que sirvieran para mover el cuerpo, hablar, calcular, ver, oír. La memoria, la imaginación, los sentimientos, las enfermedades mentales, todos ellos seguían siendo un misterio, que aun hasta ese momento muchos preferían atribuírselos al corazón y a otros órganos. Los tratamientos para un cerebro “defectuoso” no dejaban de ser crueles y mecánicos, pasando desde altas corrientes eléctricas hasta mutilaciones de determinadas regiones consideradas “responsables” de esos defectos.

Se abre la grieta y dos continentes se separan

             De cualquier manera, el cerebro recién comenzó a cobrar importancia, más que nada a nivel anatómico, en el siglo XVI, pero a pesar que largas centurias han pasado, los conocimientos acumulados desde entonces nunca han podido explicar una serie de fenómenos que son propios del hombre, y que lo distinguen del resto de las especies que habitan este planeta. Quizás por ello a finales del siglo XIX, justamente cuando ya se empezaba a comprender con detalle la composición del cerebro y comenzaba a vislumbrarse el origen de las neurociencias, nacía la psicología como una herramienta para estudiar la mente y el comportamiento.

A partir de ese momento comenzó a abrirse una brecha que hasta el día de hoy no ha podido cerrarse. Las dicotomías neuro-psico, mente-cerebro y alma-cuerpo parecen ir por caminos diferentes que nunca van a encontrarse, sobre todo porque es muy difícil estudiarse a sí mismo, ya que la única herramienta que tenemos para estudiar al cerebro es…el cerebro.

Se puede decir que particularmente en las últimas décadas, las neurociencias han aportado un cúmulo enorme de conocimientos en cuanto al funcionamiento del cerebro, sus diferentes regiones y funciones, y el desarrollo de sus componentes básicos, las neuronas. Pero todavía existe una gran desconexión entre estos conocimientos y la comprensión acerca de las funciones que llevan a cabo estas estructuras “tangibles” que estudian las neurociencias, algo que de alguna forma favorece a que la psicología siga cumpliendo su importante función en el campo de estudio de lo “intangible”.

Qué dice cada parte

             Desde la separación de la psicología y las neurociencias, y a pesar de los avances logrados sobre todo en esta última, los expertos de cada área siguen alejándose en lugar de acercarse. Las diferencias parecen ser insalvables, en gran parte debido a la necedad de algunos, a la ignorancia sobre el campo de trabajo de los otros, y sobre todo a que lo que se conoce no alcanza para explicar lo hasta ahora inexplicable. Queda claro que la psicología se afianzó como ciencia en momentos en que las neurociencias no podían ofrecer explicaciones claras a fenómenos de la mente (1), algo que todavía ocurre y que hace que ambas áreas se mantengan vivas, a pesar que actualmente se puede observar un fortalecimiento de las neurociencias y un decaimiento de la psicología clásica en casi todo el mundo, a excepción de países como el nuestro.

Por un lado tenemos a los psicólogos, que juran y perjuran que el comportamiento humano no se puede explicar simplemente por la actividad neuronal, poniendo gran énfasis en que las variables ambientales explican mejor los estados de ánimo que los cambios en el sistema nervioso y sus neurotransmisores (2). De cualquier manera, los profesionales de la psicología parecen aceptar que existiría una relación directa entre algunos desórdenes comportamentales –enfermedades mentales – y alteraciones biológicas/genéticas, que producirían conexiones neuronales pobres que llevarían a esos desórdenes. Pero en cuanto al comportamiento “normal”, siguen pensando que lo biológico es consecuencia de lo comportamental y no la causa (2).

Por el otro lado tenemos a los neurocientíficos, como el galardonado con el Premio Nobel Eric Kandel, que concuerda en que la psicoterapia al crear un ambiente favorable hace que las personas cambien, y que esto ocurriría a través de cambios estructurales en sus cerebros que se mantienen en el tiempo, lo cual estaría respaldado por técnicas de imágenes cerebrales que muestran contrastes notables en diferentes áreas del cerebro antes y después de la terapia. Estos cambios de los que habla Kandel se darían gracias a un proceso por él descrito que se denomina plasticidad neuronal. A partir de sus estudios sobre aprendizaje, Kandel demostró que ante determinados estímulos externos – las citadas variables ambientales – determinados grupos de neuronas son capaces de crear nuevas conexiones con otras con las que no las tenían, y que la repetición de esos estímulos llevaría a un afianzamiento de esa nueva red neuronal. Una de las críticas a la teoría de la plasticidad neuronal, que explicaría a la memoria de manera biológica, es su enfoque reduccionista, ya que el modelo utilizado, un molusco, está muy alejado evolutivamente de los seres humanos. Si bien Kandel lo reconoce, sobre todo porque para hacer posibles los estudios necesitaba un organismo con un número reducido de neuronas, él sugiere que los mecanismos de aprendizaje deberían estar conservados entre las especies a nivel molecular y celular (3).

Un enfoque intermedio

A pesar que parece que nunca existirá un acuerdo entre estas dos ciencias, los esfuerzos porque ello ocurra se remontan a sus orígenes, ya que el padre del psicoanálisis, como se lo conoce a Sigmund Freud, tuvo sus inicios en las neurociencias, particularmente en la neurofisiología, y si bien al crear el psicoanálisis lo hizo prescindiendo de las explicaciones biológicas de los fenómenos que estudiaba, él nunca negó su existencia. Por otro lado, Eric Kandel tuvo sus inicios en la psicología, para luego dedicarse a las neurociencias. Ambos dejaron sus especialidades iniciales porque les “faltaba algo” para poder explicar el comportamiento humano, y ambos a su vez desarrollaron ciencias “opuestas” para ver si encontraban ese “algo”, uno desde el estudio del inconsciente y otro desde el análisis minucioso de la plasticidad neuronal.

Pero un reflejo actual del esfuerzo por encontrar un punto en común entre la psicología y las neurociencias, lo podemos encontrar en la unión de un psicoanalista, François Ansermet, y un neurocientífico, Pierre Magistretti, que escribieron un libro en conjunto llamado “A cada cual su cerebro” (4). En ese libro toman a la plasticidad neuronal de Kandel y la llevan más allá, desarrollando el concepto de “huellas”, las cuales serían producidas por la experiencia a nivel de las sinapsis – conexión entre neuronas – que forman la red neuronal, pudiendo estas mismas huellas asociarse entre sí, desaparecer o modificarse a través de los mecanismos de plasticidad neuronal, y determinando finalmente cómo se relaciona el sujeto con el mundo que lo rodea.

La constitución de esta huella, que de alguna manera podríamos decir que es durable, no implica que pueda modificarse todo el tiempo, dándole cierto rango de flexibilidad a la plasticidad, porque de otra forma ello implicaría que los sujetos estarían cambiando constantemente sumando huella sobre huella, algo que iría en contra de lo que actualmente conocemos. Es justamente la plasticidad la que asegura que cada sujeto y su cerebro sean únicos, ya que de alguna manera independiza el desarrollo del comportamiento, del aprendizaje, de la memoria y de todos los mecanismos cerebrales, de aquello que determinan los genes, por lo tanto por más parecido que sea el ADN que comparten dos personas, ambas serán diferentes y únicas gracias a la plasticidad neuronal, que se verá regulada por las experiencias individuales y los estímulos que cada persona reciba durante su desarrollo.

Estos dos profesionales, en base sobre todo a trabajos neurobiológicos, sostienen que existen partes del cerebro en donde se inscriben estas huellas, teniendo cada parte un papel importante en el registro de aquellas que son conscientes o inconscientes. Según esta teoría, existiría un equilibrio entre los estímulos que activan memorias tanto conscientes, o de percepción de la realidad externa, como inconscientes, por ejemplo aquellas que despiertan las fantasías. Justamente en las enfermedades mentales estarían preponderando estas últimas, alejando al sujeto de la correcta interpretación de los estímulos que le llegan desde la realidad externa y de la activación que estas ejercen sobre las huellas conscientes, por lo tanto su realidad interna interferiría fuertemente en la percepción de la realidad, explicando de manera fisiológica un gran número de patologías psiquiátricas.

Para Ansermet y Magistretti, la plasticidad neuronal tendría doble función. Por un lado reflejaría fielmente la realidad externa, y por otro construiría una realidad interna propia de cada sujeto, proveyendo estímulos y nuevas percepciones. Estos conceptos se ven muy bien definidos en una de las últimas frases del libro de estos dos científicos: “…podemos declarar ‘a cada cual su cerebro’, pero también ‘a cada cual su realidad interna inconsciente’ ” (4).

Conclusión

Como se ha visto, todavía existe un gran camino por recorrer para, de ser posible, unir a estas dos grandes ramas de la ciencia del cerebro/mente. Los conceptos de Ansermet y Magistretti parecen ir por el camino del encuentro, pero de cualquier manera no existe una base biológica muy firme todavía que avale completamente sus teorías.

Quizás con el avance de las tecnologías de investigación, y con la acumulación de conocimientos acerca del funcionamiento del sistema nervioso, desde aquellos que expliquen los sutiles mecanismos que permiten la comunicación entre las neuronas, hasta los que diluciden las funciones de cada región del cerebro humano, podamos conocer si realmente existe una barrera neurociencias-psicología o si realmente todo, desde los sentimientos hasta el aprendizaje, desde la memoria hasta las enfermedades mentales, puede ser explicado desde la biología.

Pero para esto puede pasar mucho tiempo, ya que, como se señaló anteriormente,  no hay nada tan difícil y complejo como estudiarse a sí mismo.

Bibliografía

  1. Castellanos, S (2010). Reflexiones sobre la relación entre las neurociencias y el psicoanálisis. Universitas Psychologica, 9 (3): 729-735.
  1. Castañón, M. y Láez Álvarez, M.C. (2009). Psicología y “Neurociencias”: Buscar la llave donde hay luz y no donde se perdió. Prolepsis 3: 60-70.
  1. E.R. Kandel (2007). Psiquiatría, psicoanálisis y la nueva biología de la mente. Editorial Grupo Ars XXI de Comunicación, S.L., Barcelona, España. 422 páginas.
  1. Ansermet, F. y Magistretti, P. (2006). A cada cual su cerebro: plasticidad neuronal e inconsciente. Katz Editores, Buenos Aires, Argentina. 233 páginas.

Copyright © 2012 – 2017 Alberto Díaz Añel

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