Café Científico Capítulo 2: las vacunas

Cafe Cientifico 2

A pesar del fracaso del anterior café científico, que finalizó con una acalorada discusión entre Anton van Leeuwenhoek y Galileo Galilei sobre quién había inventado el microscopio, decidimos no cejar en el esfuerzo y organizar una segunda reunión con personajes de la historia que contribuyeron al avance de la ciencia y de la salud.

En esta oportunidad tendremos la participación de  una mujer, algo poco común debido a que durante la época en la que vivió nuestra protagonista las mujeres tenían vedada la participación en ciencia y en medicina, a excepción de las Hermanas de la Caridad, las antecesoras de las actuales enfermeras.

La primera en llegar al encuentro en un café de París fue la mencionada dama. Lady Mary Wortley Montagu (1689-1762) deslumbró a todos los presentes con su belleza. Su origen aristocrático inglés sobresalía en su forma de vestir y en sus finos y delicados modales. A su vez, su mirada era desafiante y reflejaba la gran inteligencia que volcaba en sus obras literarias.

Apenas se sentó a la mesa, el segundo invitado entraba al establecimiento. Era su compatriota, Edward Jenner (1749-1823), médico de profesión y con un gran poder de observación, el cual le permitió publicar un gran número de trabajos en medicina y ciencias naturales. Al llegar saludó con una reverencia a la dama y se sentó a esperar.

Con gran puntualidad arribó el último invitado. Al igual que Galileo Galilei en el capítulo anterior, Louis Pasteur (1822-1895) no paraba de firmar autógrafos en la puerta del café. El científico era una celebridad local, pero seguía siendo un caballero y no podía dejar esperando a una dama a pesar de la insistencia de sus fanáticos. Dibujó una sonrisa forzada en su rostro, saludó a la multitud e ingresó rápidamente al local en donde sus dos compañeros de mesa lo aguardaban.

Luego de los saludos correspondientes al protocolo, y ya servido el café y el té – este último para los británicos, obviamente – los tres personajes comenzaron a dialogar sobre un tema que los concernía a todos: quién fue el creador de las vacunas.

Lady Montagu: Señores, comprendo perfectamente los avances que sus investigaciones aportaron a la vacunación, pero queda bien claro que yo fui la primera en aplicar este método cuando nadie se atrevía a hacerlo…

Edward Jenner: Disculpe que la interrumpa Lady Montagu, pero el método que usted empleó ya se utilizaba en oriente y era llamado variolación, término que proviene de Variola major, el virus de la viruela.

LM: Nunca dije que fuera mi invención, pero fui la primera en introducir esta técnica en occidente. Durante mi estadía en Turquía, donde mi esposo era embajador, descubrí que los turcos utilizaban el pus de las ampollas de enfermos de viruela para inoculárselo a personas sanas con el objetivo de inmunizarlos.

Louis Pasteur: ¿Perdón? ¿Tomaban las pústulas de los enfermos para transferir ese material a personas sanas? ¡La tasa de mortalidad debe haber sido enorme!

LM: ¡Jamás accedería a hacer esa locura! Se utilizaban pústulas de personas que se habían contagiado una variante benigna de la enfermedad, que no dejaba secuelas graves ni conducía a la muerte. El contenido de esas ampollas se raspaba en la piel de gente sana, lográndose así una reducción de más de diez veces en la mortalidad por viruela en Inglaterra.

LP: Bien, eso tiene más lógica, pero no deja de ser riesgoso. Todo organismo infeccioso siempre tiene un gran potencial para agredir al huésped, independientemente si es una versión más benigna o no. Es por ello que en mi caso preferí buscar métodos para debilitar a esos organismos, de manera que perdieran su dañino potencial pero que a su vez despertaran la respuesta inmune.

EJ: ¡Exacto! En mi caso realicé inoculaciones con el contenido de las pústulas que se formaban en las manos de las ordeñadoras de la campiña inglesa. Estas ampollas eran la respuesta a la infección con viruela bovina, la cual no tenía consecuencias mayores. Aparentemente el virus de la vaca es lo suficientemente similar al que ataca al humano como para promover inmunidad, pero no para generar la enfermedad en nuestros cuerpos. De cualquier manera fue muy difícil aplicar el método, ¡ya que la gente creía que les iban a crecer apéndices de vaca en el cuerpo!

LM: ¡Dígamelo a mí, que pasé por todo tipo de agravios al tratar de imponer mi método! Hasta que el rey, desesperado, me pidió que inmunizara a sus nietos. Y a partir de allí se hizo un poco más fácil. Lamentablemente todo cayó en el olvido gracias a nuestra cerrada sociedad, que siempre desconfió de las mujeres y de todo método que viniera de tierras  exóticas habitadas por “salvajes”.

LP: La ignorancia y el miedo tienden a prevalecer en la sociedad. Yo me jugué mi carrera científica cuando vacuné a un niño mordido por un perro rabioso. Pero le salvé la vida, y a partir de ese episodio pude fundar el instituto de investigación que aun lleva mi nombre en París. Dicho sea de paso, me tomé la libertad de bautizar este método de inoculación con el nombre de “vacuna” en honor a su trabajo, doctor Jenner, ya que gracias a las vacas pudo reducir fuertemente la mortalidad por viruela.

EJ: Y le agradezco ese gesto. Creo que todos de alguna forma hemos contribuido al descubrimiento. Usted, Lady Montagu, porque en contra de todos los prejuicios sociales de su época pudo salvar muchas vidas; yo por haber mejorado el método gracias al poder de observación; y usted, Pasteur, porque perfeccionó la inmunización al utilizar gérmenes debilitados o muertos, bajando así el riesgo de enfermarse por la misma vacuna, y a su vez protegiendo a los individuos de enfermedades mortales.

LP: Hay que reconocerlo, el mérito es de todos. Ahora lamento dejarlos, pero mi instituto no puede dirigirse solo. Fue un placer conocerlos. Ah, y no se preocupen que la cuenta ya está pagada. Son las ventajas de ser famoso en estas tierras.

LM: Igualmente Monsieur Pasteur. Lamentablemente debo volver  a Londres y no quiero perderme el último barco de Calais a Dover.

EJ: La acompaño Madame Montagu, yo también debo regresar a Inglaterra ¿Pero para qué cruzar el mar en barco, si ahora hay un túnel que conecta Paris con Londres? No sabe las maravillas que ha aportado la tecnología en estas épocas en las que vivimos…

Y así fue que finalmente el café científico finalizó de manera civilizada. Por suerte esta vez los egos quedaron afuera y la razón prevaleció entre estos tres personajes históricos, a quienes sin duda les debemos en gran parte el hecho de estar sanos y vivos gracias a las vacunas.

Copyright © 2012 – 2017 Alberto Díaz Añel

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