Café Científico Capítulo 1: el microscopio

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Si bien los protagonistas de esta historia vivieron su apogeo creativo en el siglo XVII, sólo dos de ellos fueron contemporáneos, aunque residían en ciudades lejanísimas para esas épocas, y el tercero recién nacía cuando los otros disfrutaban (es una forma de decir) los últimos días de su vida.

Pero como el ser humano posee una imaginación infinita, hoy juntaremos a tres personajes históricos para que dialoguen, o algo parecido, acerca de uno de los grandes descubrimientos que permitieron derribar muchas barreras quiméricas que abundaban por esos tiempos, y que terminaron por derrumbarse un par de siglos más tarde.

Como dos de los protagonistas son holandeses y el otro italiano, los reuniremos en un lugar neutral, digamos un café de París. El primero en llegar es el “más joven”, el comerciante y científico holandés Anton van Leeuwenhoek (1632-1723), una persona obsesiva si las hay, siempre puntual y minucioso hasta en los más mínimos detalles. Eso sí, muy reservado y capaz de sacar de las casillas a sus interlocutores por su tendencia a distraerse fácilmente.

Sobre la hora acordada arribó el otro holandés, Zacharias Janssen (1585-1632), heredero de la fábrica de anteojos de su padre Hans.  Nunca le gustó mucho su actividad, pero era muy común por esas épocas que los hijos heredaran la profesión del padre, y como el apellido Janssen era sinónimo de buenos anteojos en Holanda y alrededores, no podía darse el lujo de rechazar un futuro asegurado.

Finalmente, y con quince minutos de retraso, llegó el italiano. Sin dudas era el más famoso de todos, porque no paraba de firmar autógrafos en la calle, mientras sus fans le gritaban su famosa frase e pur si muove -y sin embargo se mueve-, que si bien para ellos era un símbolo de rebeldía, para él no era más que un mal recuerdo. El científico Galileo Galilei (1564-1642), sin dudas, era una estrella.

Se saludaron los tres con aires de desconfianza, solamente por cortesía, aunque se notaba en el rostro de los dos holandeses que no les había caído bien la impuntualidad de su colega. Bueno, después de todo, decían, es italiano. Además, los ánimos no eran los mejores, ya que el tema principal que los reunía seguramente originaría alguna que otra aspereza, ya que iban a discutir sobre quién era el creador del microscopio.

Galileo: me parece una pérdida de tiempo esta reunión, sobre todo porque me han hecho viajar por varios días para responder una pregunta cuya respuesta es obvia. El inventor del microscopio fui yo, con la única diferencia que cuando lo creé le puse el nombre de occhialino -guiñar un ojo-, ya que para poder ver a través de él es necesario cerrar un ojo. Recién en 1625, mi compañero en la romana Academia dei Lincei, el científico alemán Giovanni Faber de Bamberg, lo bautizó con el nombre con el que lo conocemos hoy día.

Janssen: ¿1625? Perdón, ¿entonces en qué año dice haber creado el occhiolino?

G: El microscopio -poniendo énfasis en esa palabra- lo creé alrededor de 1609.

J: ¡Aja! ¡Eso quería saber! Mi padre y yo ya estábamos experimentando con lentes a fines del siglo XVI. Nuestro primer microscopio data del año 1590, casi veinte años antes de su occhiolino -resaltando esta última palabra con un aire burlón- ¡Podíamos observar con un aumento de hasta diez veces!

VL: -como despertando de un sueño- ¡Diez veces! ¡Ja! ¿Eso es todo lo que lograron? Por favor, no me hagan reír. El arte en el armado de un microscopio reside en el pulido minucioso de sus lentes. He llegado a crear lentes de un milímetro de diámetro, ¡y he logrado alcanzar hasta los doscientos setenta y cinco aumentos!

G: Sí, pero te has llevado el secreto del pulido a la tumba. Gracias a eso la ciencia se retrasó casi cien años. Aparte hay que tener en cuenta que gracias a mi descubrimiento, el naturalista inglés Robert Hooke definió en 1665 la palabra célula, que como bien sabemos, es la unidad fundamental de todos los organismos vivos. Lástima no haber estado ahí para felicitarlo.

J: Habrá querido decir mi descubrimiento.

G: Pero por favor, si gracias a mi el microscopio se hizo famoso. Y no nos olvidemos de mi creación más sobresaliente: el telescopio. Allí nació la astronomía de primer nivel, y hasta me atrevería a decir que ese preciso momento fue el inicio de la ciencia como la conocemos hoy.

VL: Perdón que le desinfle un poco el ego, pero lo que Hooke observó fueron células muertas, de corteza de árbol. Gracias a mis poderosos microscopios pudimos saber que existen organismos vivos que viven en el aire, el agua, ¡y hasta entre nuestros dientes!

G: ¡Cómo si eso importara!

VL: Pero por favor, mis observaciones apoyaron fuertemente la caída de la teoría de la generación espontánea. ¿O no se acuerdan que en nuestra época pensaban que los gusanos de la podredumbre de los alimentos se originaban de la nada? El descubrimiento de los microorganismos, gracias a mis microscopios, dio por tierra con esa teoría absurda.

G: Eso fue gracias al científico francés Louis Pasteur, que derrumbó para siempre la teoría de la generación espontánea en 1864 ¡Y no necesitó de un microscopio para lograrlo!

VL: Sí, pero gracias a mis observaciones los científicos tenían una herramienta para explicar lo que estaba pasando.

J: Ya veo que esta conversación no nos va a llevar a ningún lado. Reconozcamos que, de alguna manera, todos hemos contribuido al conocimiento del mundo microscópico que tenemos hoy día.

G: Sí, pero también reconozcamos que de los tres soy el más popular, como habrán visto a mi llegada. Y eso hace que la gente recuerde mucho más mis invenciones.

VL: Y eso prueba que debería haberse dedicado solamente a la astronomía, y dejar los otros campos de la ciencia para los que realmente saben.

G: ¡No puedo quedarme en un lugar en donde se me insulte de esta manera! ¡Me retiro inmediatamente!

VL: ¡Me parece muy bien! Por mi parte me vuelvo a mi querida ciudad de Delft a perfeccionar mis lentes. ¡Y ni se les ocurra que les enseñe cómo lo hago!

G: ¡Cómo si me interesara!

Ambos científicos salieron como una tromba en direcciones opuestas. Janssen se quedó atónito mirando semejante espectáculo, así como la mayoría de los clientes del café, que ni atinaron a acercarse a saludar a Galileo ¡Y menos mal que no se les ocurrió gritarle su famosa frase!

J: Y es así. Todos los años ocurre lo mismo. Nunca llegamos a ningún acuerdo, y encima siempre termino pagando los cafés.

Nota publicada en la Revista Acción del Ministerio de Ciencia y Tecnología de Córdoba (MinCyT-Cba), Número 33, Año 6 (2011), páginas 16-17.

Copyright © 2012 – 2017 Alberto Díaz Añel

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