Reportaje al famoso astrónomo Tycho Brahe

Tycho(Nota realizada en Praga, el 13 de octubre de 1601. De mentira, obviamente)

            El nuevo siglo tiene sus celebridades, y sin duda una de ellas ha llegado a esta ciudad para iluminarla con sus vastos conocimientos sobre el cielo que nos ampara. Luego de muchos esfuerzos, hemos conseguido que el astrónomo más famoso de Europa, Tycho Brahe, nos deleitara con unos minutos de su valioso tiempo para realizarle una entrevista, poco antes de ingresar al palacio del Barón Peter Vok Ursinus Rozmberk, uno de los miembros más respetados de la sociedad praguense, quien organizó un banquete en honor al ilustre científico.

Pregunta: Señor Brahe, nuestros lectores quisieran conocer algunos detalles de sus orígenes, sobre todo cómo nació su vocación por estudiar el movimiento de los cuerpos celestes.

Tycho Brahe: Muy bien, esa es una historia muy interesante. Yo nací en Dinamarca, en una familia de alta alcurnia, en donde la carrera a seguir era la de abogado. Pero desde pequeño me fascinaba el cielo nocturno…

P: Disculpe que lo interrumpa, pero hablando de su niñez, ¿es verdad que fue secuestrado por su tío?

TB: ¡Esas son infamias! Mis padres me ofrecieron en adopción antes de nacer a mi tío Joergen, pero se arrepintieron cuando nací. Mi tío esperó al nacimiento de mi hermano menor, y fue allí cuando reclamó el cumplimiento de la promesa de mis padres, viéndose forzado a llevarme sin su consentimiento. Poco les duró el enojo a mis progenitores, especialmente cuando supieron que heredaría las vastas posesiones de mi tío.

P: Antes de pasar a la ciencia, nos gustaría ahondar un poco más en su vida personal, si no le molesta.

TB: Adelante, soy un libro abierto para mis admiradores.

P: ¿Cuál es la verdadera historia de su nariz postiza?

TB: Allí no hay ningún secreto. Simplemente reté a duelo a un colega que se atrevió a decir que era mejor matemático que yo. ¡Imagínese tamaña afrenta! Tuve la mala suerte de perder mi nariz en ese duelo, pero la he reemplazado con una digna de mi personalidad, hecha de oro y plata.

P: Ese episodio habla mucho de su fuerte carácter, pero además es conocido por sus extravagancias, como la de poseer un enano clarividente y un reno adiestrado. ¿Fueron todos esos motivos por los cuales debió dejar su centro científico de Uraniborg en la isla de Hven?

TB: ¡Pamplinas! ¡Tendré un carácter apasionado, pero jamás aceptaré que ensucien mi reputación de esa manera!  Si dejé mi querida tierra danesa fue para buscar nuevos horizontes, lugares en donde mi conocimiento fuera reconocido en su total magnitud, algo que en mi país no supo comprender nuestro nuevo rey.

P: Bien, volvamos al nacimiento de su vocación. ¿Cómo comenzó?

TB: Hubo varios episodios que me llevaron a ser quien soy ahora. El primero fue cuando estudiaba ley y filosofía en Copenhague, a los trece años. Allí observé mi primer eclipse de Sol. Pero no fue eso lo que me sorprendió, sino el hecho de que alguien fuera capaz de predecir muchos años antes su aparición con una gran precisión. Cuatro años después observé que Júpiter y Saturno pasaron muy cerca uno del otro, pero si bien existían cálculos que predijeron ese acontecimiento, estos fallaron por varios días. Fue allí que decidí dedicarme a la astronomía, con el principal objetivo de mejorar las observaciones existentes, a un punto tal que no se diera lugar a los patéticos errores que existían hasta ese momento en las predicciones de las posiciones de los astros.

P: Y allí nació Uraniborg, uno de los centros científicos más importante del mundo en su época.

TB: Exactamente. Nuestro antiguo rey comprendió la importancia del estudio de los cielos y donó la isla de Hven para construir el centro de observación de Uraniborg, el “castillo de Urania”, la musa de la astronomía.

P: ¿Es verdad que hizo construir allí un cuadrante de casi seis metros de radio?

TB: Si, es cierto. Era una de las únicas formas de poder medir con precisión la posición de los astros en el cielo nocturno. Es una lástima que Uraniborg haya sido destruido cuando lo dejé.

P: Vayamos a sus teorías más controvertidas. Hace casi treinta años descubrió una nueva estrella en el cielo, algo que iría en contra de la naturaleza inmutable de los cielos en la que se cree actualmente.

TB: Ese evento ha sido observado por muchos testigos. Una nueva estrella nació en la constelación de Casiopea y brilló más que Venus por dieciocho meses. Siento mucho ir en contra de las creencias de la mayoría, pero esa fue la prueba que demostró que la bóveda celeste no es tan invariable como se cree.

P: Algo que corroboró con el estudio de un cometa hace un cuarto de siglo…

TB: Exactamente, encontré que según mis cálculos los cometas viajan más allá de la luna, por lo tanto no son “gases quemándose en la atmósfera” como creían los Aristotelianos, sino que, al igual que la “nova” estrella descubierta por mí, se encuentran en la esfera celestial que nos rodea.

P: Pero a pesar de esa “inalterabilidad” de los cielos que usted rebatió, estos permanecieron fijos en su esquema del universo, el cual refuta tanto la teoría Ptolemaica como la Copernicana.

TB: ¡Por supuesto! El modelo Ptolemaico está totalmente caduco, y el de Copérnico es matemáticamente superior, pero físicamente absurdo. No creo que las estrellas estén tan lejos como para que parezcan tan quietas, con las citadas excepciones, por lo tanto la Tierra tiene que ser el centro del Universo, pero con los otros planetas girando alrededor del Sol, que junto con la Luna giran en torno a nosotros. ¡Eso sí tiene sentido!

P: Si usted lo dice, debe ser así, ya que nadie discute que sus mediciones son las más exactas que existen. Hablando de eso, hay rumores acerca de la existencia de quejas por parte de algunos de sus ayudantes acerca de su secretismo en cuanto a sus mediciones astronómicas. ¿Es eso cierto?

TB: ¿Quién se ha quejado? ¡Seguramente alguno de esos inútiles que siempre arruinan todo con su torpeza! Solo confío en uno, el alumno más destacado que se me ha unido aquí en Praga, Johannes Kepler. En él confío ciegamente, jamás me traicionaría con ese tipo de comentarios. Le pido mil disculpas, pero me vienen a buscar, así que lo tengo que dejar. Espero poder leer esta nota pronto y le agradezco su interés.

P: El placer fue nuestro, Señor Brahe, que disfrute la velada.

Y esa fue la última vez que Tycho Brahe fue visto en sociedad. Once días después, a los cincuenta y cuatro años, fallecía en su casa de una infección urinaria. Algunos dicen que fue por su excesiva educación, ya que no quiso abandonar la mesa antes que su anfitrión para vaciar su vejiga. Otros hablaban de una conspiración y hasta de asesinato.

No sabemos cuál será la verdad, pero muchos repararon en la rapidez con la que su pupilo favorito, Kepler, rescató  las notas que Brahe tan celosamente guardaba, mientras su familia se repartía el resto de sus posesiones. Independientemente de las especulaciones, esperemos que Kepler sepa hacer buen uso de esas mediciones tan exactas, y que la frase que Brahe repetía constantemente en su lecho de muerte, “espero no haber vivido en vano”, tenga la respuesta que un gran científico como él se merece.

Copyright © 2012 – 2017 Alberto Díaz Añel

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