Nuevos vecinos – A la búsqueda de planetas habitables

Un proyecto iniciado en 2009 por la Administración Nacional Aeronáutica y Espacial de los Estados Unidos  (NASA) está abocado a encontrar planetas que pudieran albergar vida, y hasta ahora ha tenido bastante éxito. Pero existe un pequeño problema: los candidatos no están a la vuelta de la esquina.

Al hombre nunca le gustó estar solo. Desde que tomó conciencia que vivía en un planeta que formaba parte de un inconmensurable universo, su curiosidad – algo que se les atribuye mucho a los gatos, pero que es inherente a nuestra especie – lo llevó a preguntarse si había vida en otros lugares de la bóveda celeste. Pero claro, durante muchos años nos la tuvimos que arreglar desde nuestra querida Tierra con el par de ojos que la naturaleza nos dio, ayudados luego por los avances de la óptica -¡gracias Galileo por el telescopio!-, pero siempre observando las estrellas con los pies en el suelo.Astro

No fue hasta hace muy poco, si lo comparamos con la historia de la humanidad, que pudimos salir de nuestro planeta y empezar a curiosear un poco más. Con la esperanza de la existencia de otras civilizaciones – que según algunos nos vienen visitando desde hace siglos – se inició la búsqueda de planetas habitables, aunque no muchos descartan que esta exploración nació con la esperanza de encontrar una casa de repuesto para cuando agotemos la nuestra.

Así nació la misión Kepler de la NASA, que es nada más y nada menos que un telescopio lanzado al espacio para buscar a estos “exoplanetas” -o planetas extra solares-, como se los suele llamar. Este instrumento, lanzado en marzo de 2009, no solo toma imágenes del universo que nos rodea, sino que también posee un fotómetro, que sirve para medir la intensidad de la luz de las estrellas que observa, lo que utiliza como un pequeño truco para descubrir planetas de tamaños cercanos al nuestro, y que debido a las grandes distancias a las que se encuentran, serían casi imposible de ver por carecer de luz propia. El Kepler puede de esta manera detectar pequeños cambios en la intensidad de iluminación de una estrella, algo que generalmente ocurre cuando un elemento “opaco”, como un planeta, se cruza por delante de ella, un principio similar a lo que ocurre durante un eclipse de Sol, con la diferencia que en ese caso un satélite, la Luna, se interpone entre nuestra estrella, el Sol, y nosotros.

Hasta el día de hoy el Kepler ha encontrado más de dos mil planetas, doscientos de los cuales serían de un tamaño similar al nuestro, siendo el resto mucho más grandes, inclusive muy superiores en tamaño que nuestro hermano mayor en el Sistema Solar, Júpiter. Ahora bien, que se parezcan en tamaño a la Tierra no quiere decir que tengan vida, sino que es muy probable que tengan superficies sólidas y/o líquidas, ya que los gigantes como Júpiter suelen ser grandes bolas de gas sin nada donde pararse o sumergirse. Una de las condiciones esenciales para que exista vida en un planeta es la existencia de agua, aunque muchos discuten esto argumentando que podrían existir formas de vida extremas, que serían capaces de desarrollarse en otros ambientes totalmente diferentes al nuestro, pero parece que lo mejor es limitarse a lo que conocemos. ¿O será que realmente estamos buscando un lugar a donde mudarnos cuando se nos acabe el alquiler en la Tierra? Bien, volviendo al agua, una de las condiciones esenciales para que esta exista es la distancia a la que se encuentra un planeta de su estrella, ni muy cerca ni muy lejos, y a esa región ideal se la llama “zona habitable”, que en el caso de nuestro Sistema Solar se encontraría entre las órbitas de Venus y Marte. ¿Y adivinen quién está en el medio de esa zona? Nosotros, por supuesto.

Pues bien, al día de hoy Kepler ha encontrado cuarenta y ocho candidatos habitables, y uno de ellos, llamado Kepler-22b, ha sido confirmado como posiblemente  ideal para la vida. Si bien este planeta es casi tres veces el tamaño de la Tierra y tendría una agradable temperatura de superficie de entre veinte y treinta grados centígrados, un dato importante para tenerlo en cuenta como destino para nuestras vacaciones, existe un ligero problema a la hora de visitarlo – o de huir de la Tierra – : está a seiscientos años luz de nosotros. Más de uno dirá “y qué, Mar del Plata está a cuatrocientos kilómetros de Buenos Aires y va todo el mundo”, pero los años luz son un poquito más largos que los kilómetros. La luz toma aproximadamente ocho minutos en viajar de nuestro Sol hasta la Tierra, una distancia de aproximadamente ciento cincuenta millones de kilómetros, algo así como ir ida y vuelta a Mar del Plata más de ciento ochenta mil veces, lo cual nos llevaría en nuestro auto ¡más de ciento cincuenta años! Imagínense si esos son ocho minutos luz, lo que serían seiscientos años luz. Les ahorro el cálculo, Kepler-22b está a cinco mil billones de kilómetros, un cinco seguido de ¡quince ceros!

Obviamente con los medios de transporte que actualmente tenemos tardaríamos mucho tiempo en llegar, y aunque pudiéramos viajar a la velocidad de la luz, la máxima que se podría alcanzar  en nuestro universo – aunque parece que algunos neutrinos se niegan a reconocerlo – nos tomaría seiscientos años llegar a Kepler-22b, por lo tanto si nos tomáramos unas vacaciones en ese planeta, que a esa altura seguramente tendría un nombre más atractivo para los turistas, los que realmente las disfrutarían serían nuestros tátaratataratataranietos – y seguramente me olvido algún tátara.

Lo bueno de esta misión es que se está confirmando que los del Sistema Solar no son los únicos planetas, que existen otros sistemas como el nuestro, y que en ellos hay posibilidades de habitabilidad, ya sea para encontrar un sustituto de nuestro actual hogar o para albergar la esperanza de que no estamos solos en la inmensidad del espacio. Para lo primero, vamos a tener que mejorar nuestros medios de transporte o encontrar algo que nos quede más cerca. O simplemente cuidar y proteger lo que tenemos para no necesitar una mudanza de emergencia. Para lo segundo, ¿quién dijo que estamos solos? Yo por lo menos comparto mi planeta con otras siete mil millones de personas y un número muchísimo más grande de maravillosas formas de vida que no se nos parecen en nada, pero que si no existieran harían todo muy aburrido, y sin las cuales nosotros tampoco existiríamos.

Copyright © 2012 – 2017 Alberto Díaz Añel

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