El espejo del cielo

No cabe ninguna duda que en los primeros años del siglo XXI la ciencia argentina está recuperando el terreno perdido en décadas anteriores, y la Astronomía no es una excepción. Desde el año 2008 un grupo de astrónomos cordobeses ha puesto manos a la obra para iniciar una serie de estudios de los cielos del sur, aprovechando el gran potencial que ofrecen las instalaciones del Observatorio Astrofísico ubicado en la paradisíaca región de Bosque Alegre, a pocos kilómetros de la capital cordobesa. Los resultados de estos estudios contribuirán al esfuerzo internacional conjunto orientado hacia una mejor comprensión del Universo que nos rodea, lo cual a su vez podría aportar un mayor conocimiento sobre el origen y el destino del ¿solitario? planeta que habitamos.

Probablemente muy poca gente conoce la existencia de este Observatorio, y seguramente se sorprenderían al saber que fue inaugurado hace casi setenta años, en 1942, aunque su historia se remonta a unos cuantos años antes, cuando comienza la construcción de la principal estrella, palabra muy acorde en este contexto, que ocuparía el edificio principal y que en su momento sería el telescopio más grande del mundo. El “monstruo”, como se lo conocía a este telescopio por esas épocas, comenzó a tomar forma en los Estados Unidos allá por 1927. Una vez finalizada su construcción fue enviado completamente desarmado a su destino final, el Cerro San Ignacio en Bosque Alegre. Claro está que por una razón o por otra, los planos originales nunca llegaron, lo que puso a prueba el ingenio argentino del “lo atamos con alambre”. Afortunadamente no hizo falta ni un centímetro de metálicos filamentos, ya que en pocos meses se logró ensamblar el telescopio sin que faltara o sobrara ninguna pieza. Pero restaba un detalle importante, el espejo.

Sí, ese objeto que ha obsesionado a la humanidad por miles de años es también de central importancia en la Astronomía. Desde  las aguas cristalinas que significaron la perdición de Narciso, pasando por los bruñidos metales que sirvieron a Perseo para decapitar a Medusa, hasta los espejos cristalinos que hoy conocemos y que fueran inspiración para fantásticas historias, como la Alicia de Carroll, la Blancanieves de los hermanos Grimm, e inclusive un moderno Harry Potter, ese elemento que refleja el pasar de nuestras vidas también es donde el cielo se refleja para acercarnos sus secretos, invisibles a simple vista.

Pero en el caso de Bosque Alegre no se trataba de un espejo cualquiera. El telescopio que había sido encargado a EE.UU. era del tipo que se conoce como “reflector”, ya que las imágenes del espacio son recogidas por un espejo primario en la base del instrumento, siendo estas a su vez “reflejadas” a otro espejo secundario que dirige esas imágenes al observador. Los típicos problemas de presupuesto que siempre han acosado a la Argentina, hicieron que ese espejo primario comenzara a fabricarse en nuestro país en lugar de hacerlo en el extranjero, pero finalmente la precisión necesaria a la hora del pulido del mismo, llevaron de viaje a ese espejo inconcluso a las mismas tierras en donde había sido construido el telescopio que lo albergaría.

En Estados Unidos comienza otra historia, ya que el excesivo tamaño del espejo, que superaba el metro y medio de diámetro y pesaba casi una tonelada y media, hacía muy compleja la tarea de su acabado. Como cualquier espejo moderno, una de las caras del bloque cristalino debía estar cubierta, o “aluminizada”, con una fina capa de metal plateado, aluminio o plata, pero en este caso debía ser realizado a la perfección para evitar la obtención de imágenes distorsionadas una vez ensamblada completamente la óptica del telescopio. Ni siquiera el más afamado óptico de precisión norteamericano de la época, James Fecker, era capaz de alcanzar los minuciosos parámetros requeridos para un bloque de vidrio de semejante tamaño. Y es aquí cuando entra en escena el primer astrofísico argentino, y uno de los científicos más destacados a nivel mundial de todas las épocas, el Dr. Enrique Gaviola. Allá por 1936, el entonces interventor del Observatorio de Córdoba, Félix Aguilar, decide consultar a Gaviola acerca del problema que se había suscitado con la finalización del espejo del telescopio de Bosque Alegre, hecho que ponía en peligro la continuidad de la institución por él dirigida. Gaviola decide entonces viajar al país del norte, manteniéndose los primeros meses como mero observador del trabajo de Fecker. Es allí cuando, ante la desazón del óptico norteamericano, decide finalmente poner a prueba un procedimiento que acababa de desarrollar mientras analizaba la metodología de trabajo que venía observando. Así nació una nueva técnica para “aluminizar” los espejos, independientemente de la calidad del pulido de los mismos, y que siguió aplicándose por varias décadas en la manufactura de telescopios reflectores.

Con el arribo del espejo al país y su ensamblado en el telescopio, se llega finalmente a la inauguración oficial del Observatorio Astrofísico de Bosque Alegre, el 5 de julio de 1942. En palabras del Ingeniero e Historiador Santiago Paolantonio “El espejo comenzó a tallarse en Argentina por iniciativa de un estadounidense y es terminado en EE.UU. por un argentino”. Después de muchos años de espera, el cielo argentino ya tenía donde reflejarse.

Copyright © 2012 – 2017 Alberto Díaz Añel

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